El 31 de enero de 1990, la familia Guardia se reune en el número 39 de la calle San Luis, en Granada. Profundamente supersticiosos, días antes habían realizado una sesión de espiritismo que arrojase una solución a los eventos extraños que parte de la familia había experimentado. Aquejados de presencias oscuras, sombras y demás fenómenos paranormales, aseguraban que el espíritu de uno de los pequeños de la familia, fallecido de leucemia, se había aparecido repetidamente.
La respuesta de la espiritista fue tajante: debían organizar una comida familiar para que el pequeño dejase de rondarles. Una vez terminada la comida, los familiares se marcharon. Aunque Encarnación Guardia decidió quedarse. Había regresado el año anterior de Francia, donde había trabajado como limpiadora en un hotel. Supuestamente fue allí, a través del director de dicho negocio, donde empezó a tomar contacto con los ritos satánicos y la magia negra.
Encarnación Guardia creía que en su vientre tenía la semilla del diablo que necesitaba deshacerse de ella
Otros miembros describieron las historias que ella misma les había explicado. Que había asistido a misas negras y orgías que culminaban con sacrificios de animales. Encarnación estaba segura de que aquel hombre que había sido su pareja era el mismísimo demonio, y así se lo hizo saber a los familiares que iban quedando en la casa aquella noche. Aterrada, convenció a todos de que dentro de su vientre estaba la semilla del diablo y era necesario deshacerse de ella cuanto antes.
Hasta la casa se desplazó Mariano Fuentes, 'el pastelero', un hombre muy influenciado por las historias de ocultismo y la religión que se consideraba como el elegido. Inspirado por lo que la supuesta poseída contaba, dieron rienda suelta a un ritual que habría de tener consecuencias macabras.
Tres kilos de sal
Encarnación había recibido una formación acelerada en sus días en el extranjero. El médico forense del caso, Manuel García Blázquez, dedicó un libro a la investigación en el que detallaba el efecto que las pócimas preparadas por los familiares tuvieron en la lenta agonía de Encarnación.
Empezaron con vinagre y pimienta, una mezcla que habría de evitar la absorción temprana de otras sustancias a través del estómago. Después llegaron los casi tres kilos de sal que la supuesta poseída consumió en doce horas, una mezcla mortal. A medida que la mujer se iba deshidratando comenzaron los espasmos y los gritos y golpes.
Mariano Fuentes hizo caso omiso a las súplicas de quienes querían llevar a Encarnación Guardia al hospital, convencido de que el ritual debía culminar con la muerte de un ser humano
La escena duró hasta bien entrada la madrugada. En un momento dado, 'el pastelero' introdujo su propia mano por la vagina y el ano de la víctima, arrancando parte de los intestinos creyendo que se trataba de la simiente de Lucifer. Al día siguiente, alertados porque no hubiese regresado, los familiares de Encarnación se desplazaron hasta la casa.
Encontraron un espectáculo dantesco. Moribunda y cubierta con mantas, Mariano Fuentes hizo caso omiso a las súplicas de quienes querían llevarla al hospital, convencido de que el ritual empezado por la familia el día anterior solo podía culminar con la muerte de otro ser humano. Finalmente, fue trasladada al hospital donde falleció a las pocas horas.
Una autopsia llena de misterios
Los médicos se encontraron con los órganos de Encarnación completamente deshidratados, así como daños en el sistema nervioso que resultaban irreversibles. Su cuerpo tenía hematomas internos y externos, como si hubiese sido víctima de una brutal paliza. La autopsia determinó que la muerte había sido causada por un edema cerebral.
Los responsables de su muerte fueron juzgados por un "delito de lesiones e imprudencia temeraria que tuvo el atenuante de enfermedad mental", explica May R. Ayamonte, autora de Lo que oculta la noche, una novela que recrea el conocido como exorcismo del Albaicín. Los jueces consideraron que lo que había ocurrido en el número 39 de la calle San Luis solo podía deberse a un caso de histeria colectiva.
La escritora explica que, durante la autopsia, "las fotografías que se tomaron del cuerpo, entre analógicas, digitales y vídeos, no llegaron a revelarse con claridad. Y lo mismo ocurrió con parte de los informes forenses, todos perdidos por un supuesto error técnico". El broche final a una historia plagada de misterios.
En su novela, Ayamonte mezcla ficción con hechos reales para establecer un relato coherente de lo que ocurrió aquella noche del 31 de enero de 1990. La escritora sostiene la teoría de un posible aborto que, rodeado de motivaciones religiosos y supersticiosas, terminó por convertirse en un crimen macabro y brutal.
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