Nada más salir de un coloquio en los Cines Golem de Madrid tras la exhibición de Un hombre libre, el documental de la cineasta Laura Hojman sobre el escritor español Agustín Gómez Arcos conocía la noticia que vendía que había habido un brote violento en el centro de menores de La Cantueña donde se alojan hacinados cien adolescentes de Mali, Mauritania, Senegal o Marruecos. Salía de hablar de la vida de quien tuvo que huir de mi país y el primer cruce con la realidad fue asistir a la criminalización de los exiliados y migrantes más vulnerables. Lo primero que pensé es que Gómez Arcos escucharía a un mena para pintar un fresco de su vida que lo despojara de esa palabra deshumanizante. Porque él era uno de ellos.
Es imposible leer al escritor almeriense sin trasladar al presente todo el resentimiento que brota de su obra a través de la palabra. La voz de los desposeídos late en su garganta y la vuelca en cada letra, dejando claro que él no busca concordia ni olvido, aunque ahora se busque con un enorme acierto presentarlo como un exponente inmenso de la España que de verdad es, y no de aquella que intentaron que fuera y que expulsó a lo mejor de nuestro país. En Un hombre libre, Laura Hojman nos obliga a que conozcamos a quizás el mejor autor de la posguerra española, uno desconocido, de Almería, que huyó a Francia porque en España no podía desarrollar su talento por la censura y escribió toda su obra en francés, con tal éxito que Francois Mitterrand enviaba un coche a la editorial para tener el primero la nueva obra que el autor español sacaba.
Agustín Gómez Arcos es un autor moderno. Es de hoy. Es alguien al que las nuevas generaciones LGTBIQ+ tienen que conocer para encontrar un referente. Llevan años leyéndolo. Un hombre que no hacía prisioneros, que ponía el rencor de clase y su identidad sexual en primer plano y no soportaba a la generación de la movida que se empeñó en mirar para otro lado y no cerrar las heridas supurantes de las personas represaliadas. Gómez Arcos fue muy duro con Almodóvar, al que conoció, y que fue más amable de lo que cabría esperar sobre la figura del escritor en el documental de Hojman. Esa valentía, esa crudeza de su obra, es la que explica que sus libros no se publicaran en España hasta 2014. No era un autor para un momento que solo quería mirar al futuro sin pasar cuentas a quien hizo sufrir a media España.
Solo quien no conoce la historia de su país puede odiar al migrante sabiendo que hemos sido la mano de obra barata de los que mejor estaban. Allí también aparece Gómez Arcos explicándonos el futuro desde su presente. En el libro Un pájaro quemado vivo narraba las miserias de una familia de los vencedores y la crudeza de su ignominia. Una vida oscura, pesada y con un ambiente agrio que se huele en cada descripción. En uno de los capítulos hablan de "La Roja", una criada sumisa y vapuleada que sirve a los fascistas como mano de obra esclava.
La rara avis descubierta por las servidoras del Niño Jesús no es otra que la Roja.
—¡Una perla! —juran las sacrosantas.
Y hasta tienen razón.
Hace tiempo que esa pobre perla tiró la toalla, abandonando por KO el combate por la vida. Se esconde desde entonces en los sótanos del Hospital de Nuestra Señora de los Incurables. Castillo de irás y no volverás. Su misión es la de limpiar las pústulas, llagas y vomiteras de los desahuciados. Calva, muda y adornada con una imborrable sonrisa desdentada, la Roja carga con el peso de las miserias ajenas, que añade al de su propio silencio. Sin la menor sombra de rebeldía. «Una pobrecita obediente —alaban las monjas—.
Y una buena ocasión, puesto que es roja. Son las que más convienen. Los rojos no piden nunca paga extraordinaria, como los nuestros. Ni en Navidad ni para el 18 de julio. Y no tienen la mala costumbre de exigir más horas libres. Ni estar en el Seguro, como las gentes que nos apoyaron durante la cruzada nacional. Nunca me cansaré de repetirlo. Y pongo por testigo al Niño Jesús: ¡los rojos son una ganga, mi querida señorita! Por lo que se refiere a esta roja, ¡le digo que es su hombre!
Recordé este pasaje cuando leía Inés, de Elena Garro, que a través de nombres interpuestos narra la historia de una criada española en la casa parisina de Octavio Paz y la vida de maltrato que la autora y su hija sufrieron en la casa del poeta mexicano. En uno de los momentos de la novela, hablan de Inés como un ejemplo de las mejores criadas, las españolas, por la misma miseria que acompañaba a las republicanas en el exilio interior. Nadie mejor de las que aprovecharse que de aquellas que huyen de la miseria, la guerra y el hambre. Estoy seguro de que no les será difícil encontrar cuál es ese objetivo fácil que los aprovechados de ahora usan como los fascistas usaron a "La Roja" y el maltratador de Octavio Paz a la desdichada Inés. Los menas somos nosotros en el pasado y Agustín Gómez Arcos nos zarandearía al ver cómo nos conformamos sin escucharlos.