Esta es una frase que solemos escuchar una y otra vez sobre todo de aquellas personas que están en procesos de autoconocimiento, empoderamiento o buscando su mejor versión. Incluso puedo haberme sorprendido yo diciéndola en alguna ocasión, harto de que los demás no piensen en mí, buscando así un refuerzo personal que hace parecer al otro, un desastre, y a mí, alguien incomprendido y utilizado por los demás.
Esta forma de estar en el mundo es tramposa porque al afirmar que no queremos malgastarnos en personas inmerecidas, nos sacamos de la ecuación de las personas que no merecen la pena. Así, nosotras seríamos siempre personas estupendas, magníficas, con un mundo interior inmejorable y dignas de todo el amor, mientras que el resto serían aquellas que lo hacen mal, que cometen errores, que son egoístas o injustas, infraseres que no han llegado a nuestro nivel intelectual, emocional o vital, meros proyectos humanos, a medio hacer, excusas al fin y al cabo para sacar lustres a todas esas características que nos hacen merecer algo.
Cabría preguntarnos entonces si todas aquellas personas que piensan que nosotros no lo merecemos, están equivocadas. ¿Es que acaso no hay nadie para el que nuestra existencia entre en esa categoría de lo inmerecido? ¿No somos el otro para el otro?
Evidentemente forma parte de la libertad individual de cada persona decidir en qué usa su tiempo y con quién. Ese pequeño margen fuera de la obligación que parece un reducto y que además se ejerce con convicción por eso mismo: porque casi no queda nada que no esté mediado por la fuerza del deber. Sin embargo, el "no malgastar", esa manera de ordenar la realidad basada en lo productivo: el tiempo, al ser un bien finito, debe ser rentabilizado. Eso nos lleva a entender que existe tiempo perdido con personas inadecuadas. ¿No es esto una manera mercantilista de entender las relaciones? ¿No obedece también a una necesidad de contar el relato sobre lo vivido en el que quedemos mejor de lo que realmente somos? El tiempo de los amantes es un tiempo compartido, vivido, aunque posteriormente el amor tal y como lo conocíamos llegue a su fin. ¿Invalida el tiempo en el que nos juntamos el hecho de que el otro te haga daño? Yo diría que no.
No lo malgastes, nos dicen, nuestros recursos económicos o nuestro tiempo, lo mismo es. Realizando de esta manera un aviso preventivo, una división binaria de las cosas, de las personas, en las que se puede gastar bien o mal, el dinero o nuestro tiempo, lo mismo es. ¿Quién determina esta idoneidad? ¿Un padre? ¿Un Estado? ¿Un post?
Tal vez deberíamos malgastarnos mucho más, perder mucho más el tiempo, dejar de considerarnos el centro de todo, los que todo lo merecen. A Orión le da igual que te quedes mirando un punto en la pared o que des la vuelta al mundo. Tampoco un ciervo te pedirá cuentas de por qué no haces nada. Y mañana florecerá todo, aunque ya no estemos para verlo.