Histórica cerámica
Sargadelos, símbolo de la identidad gallega, enfrenta su mayor crisis: una sanción de 5.000 euros y el riesgo de cierre definitivo
El contexto La histórica fábrica de cerámica, fundada en el siglo XVIII por el Marqués de Sargadelos, se encuentra al borde del colapso tras una inspección laboral que pone en riesgo su legado cultural y político en Galicia.

La emblemática fábrica de cerámica Sargadelos, ubicada en Cervo (Lugo), atraviesa una de sus crisis más graves. La Inspección de Trabajo ha impuesto una sanción de 5.000 euros a su propietario, Segismundo García, después de detectar dos casos de silicosis entre sus trabajadoras y la existencia de 36 deficiencias en las condiciones laborales de la fábrica.
Esta situación, que pone en evidencia el riesgo de exposición a la sílice cristalina, ha obligado a García a cerrar temporalmente la fábrica, aunque ha anunciado que la producción se reanudará la próxima semana. Sin embargo, la amenaza de cierre definitivo sigue latente, dejando en el aire el futuro de una de las instituciones más representativas de la cultura y la tradición gallega.
Este conflicto ha trascendido la mera cuestión laboral y ha golpeado el corazón de la identidad cultural de Galicia. Sargadelos no es solo una fábrica de cerámica; es un símbolo, una pieza clave en la historia industrial, política y cultural de la región. Para comprender el impacto de lo que está en juego, es necesario remontarse a los orígenes de la fábrica, cuyo destino estuvo marcado por momentos de lucha, creatividad y resiliencia.
Primera etapa de Sargadelos
La historia de Sargadelos comenzó en el siglo XVIII, cuando el Marqués de Sargadelos, un hombre visionario, fundó el primer complejo industrial de Galicia. Este proyecto pionero incluyó la instalación del primer alto horno privado de la región, un hito que permitió la producción de hierro y cerámica en gran escala.
Con una abundante fuente de madera y mano de obra barata, el Marqués logró levantar un imperio industrial. Sin embargo, sus éxitos también le trajeron enemigos, quienes acabaron con su vida en un asesinato que selló el destino de la primera etapa de la fábrica, que cerró en 1875.
La segunda etapa tiene nombre, Isaac Díaz
La segunda etapa de Sargadelos tuvo un origen completamente distinto, marcado por la figura de Isaac Díaz, un pintor y escultor gallego cuya historia está profundamente ligada a la política y la cultura de su tiempo. Tras haber triunfado en Madrid con exposiciones destacadas, Díaz se negó a pintar la cúpula del Valle de los Caídos, en un acto de repulsa hacia el régimen franquista.
Al regresar a Galicia, se asentó en la región y fundó un pequeño taller de cerámica. Sin embargo, su obra y su compromiso con la cultura gallega lo llevaron a un exilio a Argentina, donde se unió a otros gallegos exiliados con la misión de revitalizar la fábrica de Sargadelos.
Este grupo de militantes culturales, que buscaban preservar y revalorizar la cultura gallega en tiempos de represión, no solo reconstruyó la fábrica, sino que la transformó en un centro de experimentación artística.
Sargadelos se convirtió en un laboratorio donde se fusionaban el arte moderno y la cerámica funcional, creando una estética vanguardista que rompía con las tradiciones más conservadoras. En este contexto, la fábrica fue el motor de una identidad gallega que se proyectaba más allá de las fronteras, y la cerámica de Sargadelos alcanzó un gran reconocimiento.
En su apogeo, la fábrica llegó a emplear a 280 trabajadores y a producir un millón de piezas al año. Las cerámicas de Sargadelos no solo se vendían en Galicia, sino que conquistaron mercados internacionales, llegando a tiendas en más de 20 países, incluyendo una destacada presencia en el MoMA de Nueva York.
La marca Sargadelos se convirtió en sinónimo de calidad y creatividad, representando un estilo propio que reflejaba la cultura y la identidad gallega de forma moderna y funcional.