En los segundos posteriores al tiroteo en Alabama en la noche de Acción de Gracias, la Policía pide a todo el mundo que salga del centro comercial: "¡Todo el mundo fuera! ¡Vamos!", gritan los agentes. En el suelo yace, con un tiro en la cara, E.J. Bradford, un joven negro de 21 años que tenía una pistola.
El caos y el terror se propagan por todo el recinto. La policía acusa a E.J. de disparar a un joven de 18 años, y llama héroe al oficial que le quita la vida. "El agente disparó y mató a la persona que tiroteó e hirió a otro individuo", explica Gregg Rector, capitán de la Policía.
Sin embargo, al día siguiente sale la verdad: E.J. era inocente, intentaba ayudar, y el verdadero agresor había logrado escapar. Un intolerable error que terminó en tragedia solo porque el joven era negro, según ha denunciado la familia. "Vio a un hombre negro y asumió que era un criminal", ha destacado Ben Crump, abogado de la familia de la víctima.
El dolor derrumba literalmente a los familiares de E.J., que quieren limpiar su nombre y su reputación. "Él quería a la gente a la gente y no era un asesino", lamenta su madre. El padre de E.J. añade: "No recuperaré a mi hijo, le han vilipendiado como a un criminal".
Cientos de personas se han manifestado en el centro comercial de Alabama donde todo ocurrió. Claman justicia y recuerdan que las vidas negras importan.

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